Tendremos Hambre de lo que solemos alimentarnos

El hambre es el elemento clave para ver si procuramos o no tener intimidad con Dios. Por lo tanto, necesitamos tener en mente que tenemos el control de nuestro apetito, no Dios. La pregunta es: ¿qué apetitos y anhelos vamos a desarrollar? Hay un principio espiritual que nunca cambia:


Tendremos hambre di lo que solemos alimentamos


Nací de nuevo en 1979, en la fraternidad de la universidad. Estaba en la cocina de la fraternidad una noche buscando qué comer cuando escuché que el Señor dijo: “¡Tu cuerpo es mi templo, cuídalo!”. En esa época, me encontraba adicto a la comida chatarra. El termino adicto creo que es apropiado, ya que describe a alguien que no puede dejar algo. Yo comía comida chatarra porque era lo que se me antojaba. Me encantaban los refrescos, la comida rápida, las donas, la comida grasosa y todo tipo de productos hechos a base de harina blanca, ya saben cuáles. Mi idea de una buena comida era una hamburguesa, un refresco y papas fritas. Cuando Dios me dijo esto, me di cuenta de que mi cuerpo era una unidad habitacional que daba alojamiento a su espíritu y al mío. Me vino el pensamiento de que si fuera dueño de un coche caro nunca le pondría gasolina sucia o aceite reciclado. Sólo le pondría la mejor gasolina y el mejor aceite para que corriera mejor y durara más. Razoné que sólo se me había dado un cuerpo físico que no podía ser reemplazado, mientras que un coche caro podía ser reemplazado. De inmediato, cambié mis hábitos alimenticios. Comencé a leer y a hacer preguntas para aprender lo que mi cuerpo necesitaba para funcionar a su máximo potencial y que durara todo lo que tenía que durar. Fue un proceso, pero después de unos años mis patrones de alimentación cambiaron.

Todo esto fue excelente, pero vino con un beneficio adicional que no me había dado cuenta que sucedería. Cuando comencé a comer comida saludable, no me gustaba el sabor, pero me la comía porque me convenía. Luego de un tiempo, mis gustos cambiaron. Solía ser que si me dabas a escoger entre una comida rápida o una ensalada verde de mezcla salvaje con pescado y pan integral, hubiera escogido la hamburguesa sin remordimientos al mismo tiempo que rechazaba el pescado y la ensalada. Pero, en la actualidad, si se me presentaran las mismas dos opciones, escogería la saludable sin pensar dos veces en la chatarra. De hecho, muchas veces cuando voy de viaje prefiero quedarme sin comer si las únicas opciones son comida chatarra. Preferiría quedarme con hambre que comer lo que solía desear. ¡Simplemente ya no se me antoja! ¡Ni siquiera me gusta!

El mismo principio es cierto para nuestra alma. Nuestra alma desea aquello que solemos darle. Si tenemos una dieta constante de deportes, se nos va a antojar el canal deportivo. Si tenemos una dieta constante de películas y chismes sobre las estrellas se nos van a antojar los canales de cine, las revistas y las conversaciones que calmen este apetito. Si nos alimentamos constantemente del mundo de los negocios y los sucesos de actualidad, eso es lo que vamos a anhelar. Si nuestra satisfacción está en nuestras casas, coches, ropa y demás, entonces nos vamos a encender con pasión cuando hablemos de ir de compras, de un coche nuevo o de ideas para decorar la casa, y vamos a encontrar insípidas las conversaciones espirituales. Vamos a tener dificultades para leer las Escrituras o velar en el clo- set de oración. No obstante, si nos alimentamos de una dieta constante de la Palabra de Dios es fácil apartar tiempo para orar y las conversaciones sobre cosas espirituales nos vendrán con facilidad y fluirán naturalmente. Se nos va a antojar la presencia de Dios y vamos a desear tener intimidad con Él

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